domingo, 27 de enero de 2008

Capitulo 1, la parada del Bus

Aquí teneis el libro de relatos que empecé hace ya un año y que aún no he terminado XD si os gusta iré subiendo más capítulos... sino, pues no XD


Los Zombis devoraron a mis vecinos (Título provisional)
Capítulo 1
“Madrid. Agosto. Cuarenta grados a la sombra. Humedad relativa del aire: un huevo por ciento, lo que hace que la sensación de bochorno sea aún mas insoportable.” Pensaba mientras me llevaba el cigarro a la boca. Hacía tanto calor que el humo recalentado que aspiraba de éste me parecía refrescante. Meditaba acerca de nada en concreto al tiempo que me freía espatarrado panza arriba en el tejado de mi casa. Llevaba dos largas y abrasadoras horas allí tumbado, deshidratándome a marchas forzadas con una idea fija en mi mente: “quiero meterme en casa y mudarme de cuarto, meteré mis muebles en el congelador.” Y de verdad que me moría de ganas de hacerlo, en esos momentos era lo más importante en mi vida. Sólo un ínfimo e insignificante detalle me impedía llevar mí cometido a cabo: para eso tendría que moverme. Y el único movimiento que estaba dispuesto a realizar era el de llevarme el pitillo a la boca, que ahora que lo pensaba llavera un buen rato apagado, aunque yo siguiera obstinado en darle caladas de vez en cuando, por pura inercia. Me regodeaba mentalmente de mi vagancia, cuando una cara borrosa apareció en la ventana. Parpadeé un par de veces para hidratar mis sufridos ojos y volví a mirar. Era mi padre. Me miró fijamente con cara de mosqueo y dijo: - ¡Bla blabla bla bla blablabla! Le devolví la mirada y, tras unos instantes sin saber qué contestar, sólo se me ocurrió: - Va. Mi padre desapareció. Gracias a Buda había acertado en la respuesta. Cinco minutos después, mi cuerpo decidió que ya se había torrado suficiente, así que se levantó y se coló por la misma ventana que había servido a mi padre para asomarse. Una vez dentro, bajó las escaleras, se introdujo en mi habitación, cerró la persiana para que el Sol no diera el coñazo durante la sagrada siesta, y se tiró en la cama, dándole gracias a Alá por el aire acondicionado. Transcurridos veinte minutos, mi psique tomó ejemplo de mi cuerpo y flotó hasta mi cabeza, dentro de mi habitación. Recuerdo aquella siesta porque recuerdo que soñé, y recuerdo que soñé porque recuerdo perfectamente el sueño. Era acerca de pastores de diplodocus. Y también salía una autocaravana de ruedas cuadradas. Tres horas después me despertó el desagradable, chirriante y siempre inoportuno timbre de mi móvil. Creo que me llamó alguien para decirme algo. Si no me acuerdo es que no era importante. Al mismo tiempo que mis enlaces cerebrales se recomponían ellos solitos, las ideas volvieron a fluir por el insondable abismo lleno de mierda que es mi cabeza. Recordé que había quedado en pasarme por casa de Alicia para que me pasara unos apuntes de algo… tampoco me importaba demasiado de que fueran, volvería a catear selectividad este año también. No es culpa mía, yo estudiaría, pero siempre hay cosas mas interesantes que hacer: contar las manchas de gotéele de la pared, bailar desnudo con una papelera en la cabeza… ¡son muchas las distracciones! Después de una escueta ducha, me vestí con lo primero que encontré tirado por el suelo de mi habitación: unos vaqueros holgados y una camiseta con un dibujo que será mejor no describir. Metí en la mochila la cartera, el móvil, papel de liar, tabaco, una china, condones… todo lo que normalmente debe llevar una persona encima. Salí a la calle. Y el Sol me pegó tal colleja que todavía hoy me duele. Fue una tollina amistosa, de esas que suelen ir acompañadas de un “¡Cabroncete, que ya nunca me llamas!” Por un momento valoré la posibilidad de tomar uno de los paraguas que se amontonaban en un viejo macetón al lado de la puerta (que en otro tiempo alojó a un ficus de proporciones bíblicas) y usarlo como parasol. Deseché la idea al instante, una cosa es tener calor y otra ir haciendo el ridículo. Cuando llegué a la parada del autobús, me desplomé sobre el banco metálico, destrozado por los épicos cien metros cuesta abajo que acababa de recorrer. Para celebrar mi hazaña me fumé un pitillo. A mi lado, sentado y con cara de estar embobado, tenía a un abuelo-tipo con todo el equipo: la boina, el bastón, las zapatillas de andar por casa y la radio a todo volumen. “Disturbios en el centro. Un grupo de radicales toma el centro de Madrid, destrozando el mobiliario urbano y agrediendo a los transeúntes”: algo así decía el locutor a través del viejo transistor del abuelo-tipo. “¡Por Buda!” pensé. “Si vas a causar disturbios, no lo hagas un cinco de agosto a las cuatro de la tarde, con toda la solana.” - Oye, hijo –era el abuelo-tipo, y se refería a mi- ¿Qué haces fumando? Estás llenando de humo el mundo y los pulmones de la gente, ¿a que esperas para dejar de fumar? –me puso su arrugada mano en el hombro; por algún motivo, la llevaba vendada. - ¿A que Estados Unidos firme el “Protocolo de Kyoto”? –repuse mientras retiraba delicadamente (y con dos dedos) su zarpa de mi. El viejo rabió. Como si mi respuesta hubiera hecho saltar algún extraño mecanismo dentro de la maquinaria del anciano, éste se levantó y comenzó a increparme. - ¡Bla bla bla! ¡Bla bla respeto a los mayores bla! ¡Bla bla bla en mis tiempos bla bla bla! Por mi parte, hice como si no le oyera, me levanté y di un par de pasos al frente; por el final de la calle se acercaba el autobús y no pensaba perderlo por culpa de una bronca con un estereotipo de anciano. Si hubiera pasado, habría tenido que esperar una hora al Sol hasta que llegara el siguiente. Y una hora al Sol en Agosto es mucho tiempo. Mientras yo subía al apestoso autobús, lleno hasta los topes de gente sudorosa, el viejo seguía gritando y rabiando. Ya había pagado el billete y me disponía a buscar asiento, cuando el anciano me agarró de una pierna. Me volví, y allí estaba, tirado en los escalones de la puerta, jadeando y mirándome con una cara que me habría helado la sangre si no me hubiera fumado aquel porro con mi hermano antes de salir de casa. Una rápida e involuntaria patada con mi pie libre hizo que el abuelo-tipo me soltara y cayera de espaldas en la acera. El conductor del autobús, que había visto la escena mientras se acercaba a la parada en su recorrido, cerró la puerta y me preguntó cómo estaba. Un par de abuelas-tipo, sentadas en los primeros asientos, y que sólo habían visto cómo le arreaba al viejuno-sádico (ex abuelo-tipo), comenzaron a chismorrear acerca de la juventud, que no tiene respeto a nada ni a nadie. En ese momento se me ocurrió una réplica casi tan buena como la del “protocolo de Kyoto”; pero me callé. Un viejo asesino al día es más que suficiente.

5 comentarios:

Alex dijo...

nu sta nada mal creo k deberias segi publicando yo x lo menos lo leeria bno enga xao srte!!

Administrador del cotarro (Berto_69) dijo...

Joer esta genial man ;)

Me gusta de verdad como narras, a ver si continuas, no tiene desperdicio.

Saludos!

Valkiria dijo...

aunque a primera vista a sido un "caguendiez que largo" me a encantao ^^
y coincido con lo ke dice el d arriba

PD: rompo una lanza pa ke sigas poniedo capituloss =)[...sin venir a cuento...ke expresion mas wapa rompo una lanza...sep...siempre me a yamao la atencion y pokas veces se puede usar...sep...a kedado bien...rompo una lanza...sep... xDD ]

saludos
(mi blog en proceso)

esnifando_croketas_radioaktivas dijo...

VAMOOOS TUUU!!

ke soy Olmo, metete en este blospot, tengo mazo d musika punk para bajar, espero ke te sirva, agur!!

Diógenes dijo...

“Madrid. Agosto. Cuarenta grados a la sombra. Humedad relativa del aire: un huevo por ciento, lo que hace que la sensación de bochorno sea aún mas insoportable.”

El comienzo del capítulo me ha recordado mucho a "Sin noticias de Gurb" de Eduardo Mendoza. Un libro que recomiendo a todo aquel que le guste el humor absurdo.

Un saludo.